Ulúa-2: el satélite 100% mexicano que mira la Tierra y prueba que el talento científico nacional puede competir con las potencias espaciales
CDMX, 2 de julio de 2026 — El sábado a…
Autor: Redaccion Lexo julio 2, 2026
CDMX, 2 de julio de 2026 — El sábado a las 14:30 horas, tiempo de México, un cohete Falcon 9 de SpaceX despegó de Cabo Cañaveral, Florida, con una carga que, aunque modesta en tamaño —apenas 280 kilogramos, el peso de un refrigerador industrial—, representa un hito en la historia científica del país: Ulúa-2, el primer satélite de observación terrestre diseñado, construido, programado y calibrado enteramente en México. Cuando el satélite se separó del cohete 62 minutos después del lanzamiento y desplegó sus paneles solares, en la sala de control del campus Juriquilla de la UNAM en Querétaro, 180 ingenieros y científicos rompieron en aplausos. Algunos lloraban.
Ulúa-2 no es el primer satélite mexicano —ese honor le corresponde al Morelos I, lanzado en 1985, aunque fue construido por Hughes Aircraft en Estados Unidos—, pero sí es el primero totalmente nacional. Orbita a 520 kilómetros de altitud, en una órbita heliosincrónica que le permite pasar sobre el mismo punto de la Tierra a la misma hora cada día, y está equipado con sensores multiespectrales desarrollados en los laboratorios del Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE) en Puebla y del Centro de Ingeniería y Desarrollo Industrial (CIDESI) en Querétaro. Sus cámaras capturan imágenes en 12 bandas espectrales —desde el visible hasta el infrarrojo cercano— con una resolución de 10 metros por píxel, suficiente para que la Comisión Nacional del Agua monitoree la humedad del suelo en tiempo casi real, el Servicio Meteorológico Nacional detecte la formación de tormentas tropicales con 12 horas de anticipación, y la Comisión Nacional Forestal identifique puntos de calor —incendios incipientes— cuando apenas miden 25 metros cuadrados, en lugar de los cientos de hectáreas que ya se han quemado cuando los satélites comerciales los detectan.
El proyecto, que tuvo un costo de 380 millones de pesos —una fracción de lo que costaría comprar un satélite equivalente a Airbus o Lockheed Martin—, fue financiado por el Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías (Conahcyt) a través del programa de proyectos estratégicos de seguridad nacional. Participaron 180 ingenieros y científicos de siete instituciones: la Agencia Espacial Mexicana (AEM), el IPN, la UNAM, el INAOE, el CIDESI, el Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada (CICESE) y el Instituto Tecnológico de Morelia. El nombre Ulúa —el río que nace en la sierra de Oaxaca y recorre Veracruz hasta el Golfo de México— fue elegido en una votación entre los integrantes del proyecto. Ulúa-1 fue un prototipo de laboratorio que nunca voló. Ulúa-2 es el que está en el cielo.
«Esto no es un proyecto académico que se queda en un paper», dijo en la conferencia de prensa posterior al lanzamiento Salvador Landeros, director de la AEM, visiblemente emocionado. «Es un satélite operativo que va a generar datos para la Conagua, el Servicio Meteorológico Nacional, la Semarnat, la Sader. Va a salvar vidas: va a permitir alertar sobre un huracán, detectar un incendio antes de que se descontrole, medir la sequía en una cuenca horas después de que ocurra, no semanas después como hacemos hoy». Los próximos pasos incluyen Ulúa-3, una constelación de seis nanosatélites tipo CubeSat enfocados en telecomunicaciones para zonas marginadas y monitoreo de deforestación en la Amazonía y el sureste mexicano, en colaboración con las agencias espaciales de Colombia, Perú y Chile. Por primera vez en su historia, México no solo compra tecnología espacial: la construye. Y funciona.
— Investigación y redacción: Lexo Noticias