México: entre la democracia formal y el poder concentrado
Una mirada objetiva al ADN político del país y a…
Autor: Redaccion Lexo octubre 10, 2025
Una mirada objetiva al ADN político del país y a la cultura del poder que trasciende gobiernos
México se define constitucionalmente como una república democrática.
Sin embargo, a lo largo de su historia, ha funcionado bajo una constante que trasciende partidos y épocas: la concentración del poder.
Más que un modelo político concreto, se trata de una cultura de mando centralizado que ha moldeado la vida institucional, económica y mediática del país durante más de un siglo.
Del autoritarismo visible al control institucional
El poder en México ha adoptado distintas formas a lo largo del tiempo.
Durante el Porfiriato, el control se ejercía de manera abierta: represión, censura y centralización económica.
Tras la Revolución, el sistema priista sustituyó la coerción militar por una estructura política más sofisticada: un autoritarismo institucional, donde el Estado mantenía el control a través de partidos, sindicatos y medios, bajo un discurso de estabilidad y progreso.
Con la alternancia democrática de 2000, el país rompió la hegemonía partidista, pero no desmanteló su arquitectura de poder.
El presidencialismo, los monopolios económicos y el clientelismo político permanecieron como herencia estructural.
Un poder que se adapta: la 4T y el siglo XXI
El actual gobierno de Claudia Sheinbaum, surgido del movimiento de la Cuarta Transformación, ha sido objeto de debate por su estilo de conducción y sus reformas institucionales.
Si bien cuenta con legitimidad electoral y altos niveles de aprobación, varios analistas coinciden en que su ejercicio del poder refuerza la tendencia centralista.
Entre los ejemplos más discutidos se encuentran:
- La reforma judicial de 2024, que introduce la elección popular de jueces. Aunque busca transparencia, ha generado preocupación por la posible politización del Poder Judicial.
- La reorganización de organismos autónomos, como el INAI o la COFECE, interpretada por críticos como una recentralización del control estatal.
- Las propuestas de regulación digital que podrían otorgar al Ejecutivo facultades amplias sobre plataformas de comunicación.
Ninguna de estas medidas, por sí sola, configura un régimen autoritario. Pero en conjunto, muestran una dirección política más vertical en la toma de decisiones.
Democracia funcional, pero con déficits estructurales
Los indicadores internacionales reflejan una realidad intermedia: México no es una dictadura, pero tampoco una democracia plenamente consolidada.
- En el Índice de Estado de Derecho 2025 (World Justice Project), ocupa el lugar 116 de 142 países, con bajo desempeño en “límites al poder gubernamental”.
- El Índice de Democracia 2024 (The Economist) clasifica a México como una “democracia defectuosa” (5.9/10).
- Según Freedom House, el país conserva libertad electoral, pero muestra retrocesos en independencia judicial y violencia política.
- Transparency International lo ubica en el puesto 126 de 180 en percepción de corrupción.
Estos datos, más que acusar un autoritarismo pleno, revelan una democracia frágil: con instituciones formales, pero con mecanismos de control poco equilibrados.
El poder económico y mediático: otra cara del centralismo
El fenómeno no se limita al ámbito político.
México es también una economía concentrada: unos pocos grupos empresariales dominan sectores estratégicos como telecomunicaciones, energía, finanzas y medios.
En la práctica, esto genera una simbiosis entre poder político y económico, donde las decisiones estructurales dependen más de acuerdos de élite que de procesos participativos.
Este tipo de concentración es un rasgo compartido por muchas democracias latinoamericanas, donde la frontera entre Estado y corporación se vuelve difusa.
La paradoja mexicana
La historia reciente muestra que el país avanza en participación ciudadana y libertad de expresión, pero sin romper del todo con su modelo jerárquico de poder.
El autoritarismo ya no se manifiesta en la censura directa o la represión abierta, sino en formas más sutiles:
- la burocratización de los órganos autónomos,
- la dependencia de subsidios políticos,
- y la concentración de decisiones en núcleos reducidos.
La pregunta ya no es si México es democrático o autoritario, sino cuánto poder se concentra antes de que la democracia pierda equilibrio.
Conclusión: una democracia que aún no aprende a compartir el poder
Ser objetivo implica reconocer ambas realidades:
México mantiene procesos electorales libres, diversidad mediática y una sociedad civil activa.
Pero también conserva una estructura de poder que resiste la rendición de cuentas y centraliza decisiones.
El resultado es un sistema híbrido: una democracia funcional con prácticas autoritarias residuales.
Más que un problema ideológico, es un tema cultural e institucional: el poder sigue concentrado porque nunca se aprendió a distribuirlo.