sábado 12 de septiembre de 2026
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Alcaldes en la mira: el asedio del crimen organizado al eslabón más débil de la democracia mexicana

Opinión — 9 de julio de 2026 — Veintidós presidentes…

Autor: Redaccion Lexo julio 9, 2026


Alcaldes en la mira: el asedio del crimen organizado al eslabón más débil de la democracia mexicana

Opinión — 9 de julio de 2026 — Veintidós presidentes municipales, síndicos o regidores asesinados en lo que va de 2026. La cifra, fría y repetida en los noticieros como un dato más de la violencia cotidiana, esconde una estrategia sistemática del crimen organizado que va mucho más allá de la eliminación de adversarios políticos. Lo que estamos presenciando —y lo que las autoridades federales apenas empiezan a reconocer como tal— es un asalto deliberado al nivel de gobierno más débil, más pobre y más vulnerable de la federación mexicana: el municipio.

Los municipios mexicanos —2,471 en total— son, por diseño constitucional, la célula más básica de la organización política del país. Administran los servicios públicos de proximidad —agua, basura, alumbrado, mercados, panteones—, otorgan licencias de construcción y permisos de uso de suelo, y controlan, en teoría, a sus propias policías. Pero en la práctica, la mayoría de los municipios mexicanos —particularmente los rurales y los de las zonas metropolitanas marginadas— operan con presupuestos raquíticos que apenas alcanzan para pagar la nómina, policías municipales que ganan entre 6,000 y 10,000 pesos al mes —menos de lo que un halcón del crimen organizado gana por vigilar una esquina—, y una capacidad de investigación e inteligencia que es nula. En ese vacío institucional, el crimen organizado no «coopta» al municipio en el sentido tradicional de comprar la voluntad del alcalde: simplemente ocupa el espacio que el Estado ha dejado vacío.

El botín que buscan los grupos criminales en los municipios ya no es solo el control territorial para el trasiego de drogas —el viejo modelo de los cárteles de los años 90 y 2000—. Es algo más amplio y más integrado a la economía legal: los presupuestos de obra pública, los permisos para construir fraccionamientos, las concesiones de mercados y centrales de abasto, el cobro de «derecho de piso» a todos los negocios del municipio —desde la taquería de la esquina hasta la distribuidora de gas—, el control del relleno sanitario, el cobro de «cuotas» a los transportistas que cruzan el territorio. En algunas regiones del país —la Tierra Caliente de Michoacán, la sierra de Guerrero, la frontera de Tamaulipas, la Huasteca potosina—, la frontera entre el gobierno municipal y el poder criminal se ha vuelto indistinguible. Los alcaldes que intentan resistirse son asesinados. Los que cooperan sobreviven —hasta que dejan de ser útiles o hasta que un grupo rival los elimina para enviar un mensaje.

Las respuestas del Estado mexicano han sido, hasta ahora, reactivas y cosméticas: escoltas para alcaldes amenazados, blindajes de vehículos, botones de pánico, protocolos de protección que suenan bien en el papel pero que rara vez funcionan en la realidad —porque un alcalde no puede vivir con escoltas las 24 horas del día en un pueblo de 5,000 habitantes donde todo el mundo sabe dónde vive y a qué hora sale a desayunar. La solución de fondo —y esto no es un análisis original, pero hay que repetirlo hasta que alguien en una oficina de gobierno lo tome en serio— pasa por fortalecer a los municipios con recursos, capacidades de inteligencia, policías profesionales dignamente remuneradas y, sobre todo, con un sistema de justicia que investigue, procese y castigue a quienes atentan contra la democracia local. Sin municipios fuertes, la democracia mexicana es un edificio con cimientos de arena. Y el crimen organizado lo sabe.

— Análisis: Lexo Noticias

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